Conocí a Horacio en una cafetería de las Torres del Parque, estaba leyendo Historia del Cerco de Lisboa acompañado por un café mientras en mi mesa descansaba El Evangelio según Jesucristo, no pude evitar preguntarle algo sobre Saramago que ya no recuerdo. Dijo que Saramago era un escritor tardío como él.

 

Por ese comentario y algunos detalles mínimos asumí que era escritor o que al menos se dedicaba al oficio de alguna manera, de hecho, muchas veces pensé que sabía demasiado o al menos era muy culto y que yo jamás llegaría a saber todo lo que él me contaba. Todas sus apreciaciones sobre literatura universal, que escuchaba maravillada, en realidad me dejaban inquieta y al mismo tiempo despistada.

 

Pero el único día que le ví leer el El Cerco de Lisboa sirvió para que desde entonces, nos pusieramos una cita para desayunar todos los martes. Por supuesto, yo seguí llegando durante varios martes con el “Evangelio”, de Saramago, mientras que por su mesa desfilaron lecturas obligadas como El Quijote, el Aleph de Borges y las que más me causaron impresion: Diderot, Balzac, Flaubert, Dostoievsky, Tagore. Impresión por lo complicado que resulta para mí ese tipo de lectura, pero además por algo fatalista que se cruzaba entre línea y línea que a veces me solía leer. Nietzsche, Kant y Hegel resultaban fatales y divertidos, quizás cómo podría llegar a resultar Fernando Vallejo, otro de los autores que desfilaron por nuestra mesa de pan y café.

 

Pero, un martes, llegó a nuestro encuentro con el rostro un poco más gris que de costumbre, más cabisbajo y casi en tono ceremonial me dijo que llevaba días sin poderse despegar de un autor que lograba preocuparlo porque creía que no todos sabían o podían leerlo. Yo al verlo tan conmovido y cabisbajo, traté de contarle historias de la universidad, sobre mis maestros, mis compañeros. Pero de manera casi maniática traía a colación, pasajes enteros del libro que se había aprendido de memoria e insistía en preguntarme qué me parecían o cómo los sentía y debo decir que no soy buena compañía para los nihilistas o en palabras más comunes para los negativos, no me gustan, ni los libros ni las personas que se regodean demasiado en esta emoción a mi manera de ver un poco miserable. Ese martes, aunque preocupada y triste, deje a Horacio con los ojos fijos, no sé dónde y me fui.

 

Ciorán: por alguna razón, la tarde de ese martes decidí “googlear” el nombre del escritor, que aunque respetaba, me resultaba un poco denso y desesperanzador, la sorpresa fue encontrarme con una serie de títulos que hacian relación al suicicio y nombraban al escritor y sus obras. Curiosamente un artículo del periódico El Espectador publicaba una nota sobre el número de suicidios que tenían lugar en el país y hacía énfasis en las ciudades de Bogotá y Medellín, la nota del periódico, publicaba varios artículos a manera de crónica en los que narraban historias suicidas, sobre todo en las ciudades mencionadas, quienes tenían la tendencia a buscar lecturas del tipo de autores como Ciorán. Miedo, sosobra y un poco de desesperación me invadieron, pero cuando había finalizado mi tarea de exploración en la red, recordé mis conversaciones con Horacio y el misterio que las rodeaba.

 

Siempre me causó curiosidad su insistencia en llevar el portátil, pero argumentaba que yo le producía, algún tipo de inspiración, y que una vez finalizaba nuestro encuentro, mil cosas quedaban en el aire y más tarde lo traicionaría la memoria o perdería algunas frases sueltas, que a decir verdad resultaban divertidas para él pero no para mí, porque sentía que se burlaba un poco de mi ingenuidad. Por nuestros desayunos llegué a creer que tenía una novela en mente o al menos una historia corta, de otra manera la manía del portátil no tenía sentido, porque en esos desayunos hablábamos de literatura pero desde una óptica muy personal, o al menos eso me lo permitía a mí, del gusto por ciertos escritores o el rechazo por otros y algunas veces discutíamos por su desaprobación casi total de la literatura colombiana. Nunca supe dónde o de qué vivía, incluso llegamos a cruzarnos en la calle y a penas nos hicimos una seña. Lo curioso del portátil es que durante las dos horas que duraba nuestro encuentro, nunca lo vi poner más de dos o tres palabras, incluso llegué a regalarle una libreta que guardo en el bolsillo izquierdo de su bonita chaqueta gris. Yo misma la hice y solo me dijo que era una buena idea y luego sonrió.

 

No tengo idea de por qué no se me ocurrió preguntarle nunca su teléfono, quizás por esa necesidad que tenemos todos de agregar misterio, misticismo o simplemente algo novelesco a nuestras relaciones, pero en este momento la realidad me estaba haciendo sentir culpable, pero, ¿No se sentiría el culpable, sino me volviera a ver? Al fin y al cabo, él tampoco me preguntó jamás nada de eso.

 

Era un martes en la noche y debía esperar ocho días más para que la angustia que me había invadido con respecto al tema del sucidio en el país y por supuesto no volver a ver a Horacio, desaparecieran. Debo confesar que no tuve, la paciencia que hubiera deseado y durante esos ochos días regresé al Café y llegué a dejarle mi teléfono al administrador para que en caso de ver a Horacio, le dieran mi teléfono y se comunicará conmigo.

 

Por fortuna, una de las niñas que atiende las mesas, me reconoció y me dijo que el Doctor vivía en uno de los pisos de Las Torres del Parque, pero que no estaba segura en cuál, y que solía, salir a caminar en las tardes, para ver sus proyectos que se decía por ahí iban a ayudar a mucha gente. No entiendo cómo pude tranquilizarme cuando ella me contó sólo algunas especulaciones que tenía con respecto a él. No obtuve más respuestas que ésta ¿Por qué no fui a las porterías de las Torres y pregunté si le conocían y cuál era su casa? Una mezcla de miedo y verguenza, ¿que pasaría si fuera casado y me abriera su mujer o algún hijo?

 

El lunes decidí olvidarme del asunto porque al fin y al cabo, al día siguiente nuestro encuentro se repetiría como de costumbre.

 

Ese martes, el ultimo del mes, lo esperaba en Andante como de costumbre, la niña que atiende nos reservaba la mesa que está junto al tomacorriente, porque Horacio insistía en que debía conectar el computador o se le descargaba.

 

Pasó, casi media mañana, eran las 11 de la mañana, hora a la que solían finalizar nuestros encuentros. La niña de la cafetería se me acerca y trae una mueca, mezcla de pánico y extrañeza, me indica que mire hacia la ventana, hay un tumulto de gente, así que, salgo a mirar.

 

Un señor me dice que saltó del décimo, otro que del catorce, logro hacerme espacio para llegar junto al cadáver que aprieta una libreta en las ya, inertes manos. Repartidas en el cemento están las partes de un computador y muchos libros deshojados. Bogotá, se convierte de pronto, en un nevado, no puedo dejar de temblar, pero me acerco y junto al cadaver de un adolescente destrozado por el golpe contra el pavimento, está Horacio. Toco su mano que está caliente pero tiembla a una velocidad que no puedo detener. No recuerdo mucho más sobre este día, no sé a que horas nos retiramos de aquel lugar o si me fui corriendo, no logro recordar.

 

Al cabo de varias semanas, volví a encontrarme con Horacio, no supe qué decir, pero él me contó que su hijo llevaba meses consumido por los libros y lo ultimo que encontró fue una lista de poetas suicidas y varios libros del mencionado Ciorán.

 

Horacio es un importante arquitecto en Colombia que diseñó unas interesantes casetas para los vendedores ambulantes de Bogotá y llevaba meses sumergido en una nueva aventura para una biblioteca pública en los barrios más deprimidos de las periferias en la capital. Mientras hablabla recordé que en mis paranoicas investigaciones por la red, los datos de suicidio en Bogotá se registraban en poblaciones jovenes y por lo general, nadie notaba o no asumía la posibilidad.

 

Horacio dejó el café y me dijo que no nos veriamos más, pero no viene al caso contar por qué, además me devolvió la libreta con las hojas en blanco y repitió: yo soy un escritor tardío y mi hijo era demasiado joven. La niña que siempre nos atendía, me observa, se acerca y antes que pueda decirme nada, le pido otro café; mientras espero, con mi mano fría, paso la primera hoja y escribo: “Martes 12”.